La otra orilla por Lilian Rodriguez

La otra orilla por Lilian Rodriguez

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LA OTRA ORILLA

Daniel había crecido en un pequeño pueblo rodeado de montañas, en un valle donde los días parecían repetirse con una precisión casi tranquilizadora. Las casas de piedra permanecían en su sitio, los caminos seguían trazando las mismas curvas y las campanas marcaban las horas con una puntualidad que nadie cuestionaba. Al fondo, separando el pueblo de las colinas del este, corría un río ancho y caudaloso que Daniel conocía desde niño y que, sin embargo, siempre había sentido como una frontera.

Desde la orilla podía distinguir árboles, una ladera cubierta de vegetación y un sendero que desaparecía entre los pinos. A simple vista, aquel paisaje parecía corriente, pero durante años representó para él todo lo que todavía no conocía. Cuando era pequeño imaginaba ciudades lejanas, viajeros, mercados llenos de voces y caminos capaces de conducir a cualquier parte. Con el tiempo dejó atrás aquellas fantasías, aunque nunca perdió la sensación de que su vida podía ser más amplia de lo que alcanzaba a ver desde su pueblo.

A menudo caminaba hasta el río y permanecía allí durante horas observando la corriente. Había días en los que el agua avanzaba tranquila y otros en los que bajaba con tanta fuerza que golpeaba las piedras y levantaba espuma alrededor de las raíces. Daniel había pensado muchas veces en cruzar, aunque siempre encontraba un motivo para aplazarlo. Primero se dijo que necesitaba una buena balsa, después que debía esperar a que bajara el nivel del agua y, más adelante, que quizá aquello carecía de sentido. Al final comprendió que todas esas razones tenían algo de verdad, pero también ocultaban algo más difícil de admitir: le daba miedo abandonar una orilla que conocía por otra de la que apenas sabía nada.

Una tarde encontró a un anciano sentado junto al río mientras reparaba una cesta de mimbre. Daniel lo había visto alguna vez en el pueblo, aunque nunca habían hablado, así que se sentó a cierta distancia y volvió a hacer lo de siempre: mirar hacia la otra orilla.

El anciano continuó trabajando durante unos minutos antes de levantar la vista.

—¿Esperas a alguien?

Daniel negó con la cabeza.

—Entonces debes de estar esperando algo.

La observación le hizo sonreír.

—Quizá.

El anciano volvió a ocuparse de la cesta.

—Vienes mucho por aquí.

—Me gusta mirar el río.

—Eso ya lo había notado.

Daniel dudó antes de señalar la otra orilla.

—Siempre he querido saber qué hay allí.

El anciano siguió la dirección de su mirada y se encogió ligeramente de hombros.

—Árboles, seguramente.

Daniel soltó una pequeña risa.

—No me refiero a eso.

—Ya lo sé.

Durante unos instantes ninguno dijo nada. El agua continuó avanzando entre las piedras con aquel sonido constante que Daniel había escuchado miles de veces y que, quizá por eso, casi había dejado de oír.

—No sé si merece la pena cruzar —confesó finalmente—. Podría llegar allí y descubrir que no hay nada. También podría equivocarme, perder el tiempo o fracasar antes de conseguirlo.

El anciano escuchó sin interrumpirlo y, cuando Daniel terminó, respondió con una tranquilidad que lo desconcertó.

—Podría salir mal.

Daniel volvió la cabeza hacia él.

—Eso no ayuda mucho.

—Pensaba que querías saber la verdad.

Daniel sonrió a pesar de sí mismo.

—¿Y tú qué harías?

El anciano dejó la cesta sobre la hierba y señaló el río.

—Míralo.

—Llevo años haciéndolo.

—No. Llevas años mirando la otra orilla.

Daniel frunció el ceño, aunque obedeció. Por primera vez en mucho tiempo dejó de mirar hacia los árboles de enfrente y prestó atención al agua que tenía delante. Observó cómo la corriente chocaba contra una roca grande, se dividía a ambos lados y volvía a reunirse unos metros más abajo. Vio cómo buscaba los huecos entre las piedras, cómo se ensanchaba donde encontraba espacio y cómo cambiaba de dirección cuando el terreno se lo exigía.

El anciano esperó un poco antes de hablar.

—El agua no discute con la roca. La rodea y continúa.

Daniel siguió observando la corriente.

—¿Entonces crees que debería cruzar?

—Creo que llevas mucho tiempo intentando saber desde esta orilla qué sentirías estando en la otra.

Daniel permaneció callado.

—Y algunas respuestas —añadió el anciano— solo existen después de haber dado el paso.

Aquella noche Daniel apenas durmió. Las palabras del anciano habían dejado al descubierto algo que llevaba demasiado tiempo evitando: esperaba alcanzar una seguridad que probablemente nunca llegaría. El miedo seguía allí, intacto, pero ahora Daniel podía verlo con mayor claridad y comprendía cuánto tiempo llevaba esperando que desapareciera antes de decidirse.

A lo largo de los días siguientes comenzó a prepararse. Habló con pescadores, aprendió a reconocer las zonas donde la corriente era más fuerte y buscó madera resistente. Uno de los hombres del pueblo le enseñó a unir bien los troncos, mientras que una mujer que había cruzado el río muchas veces le indicó el tramo más seguro y le explicó cómo reaccionar si el agua intentaba desviarlo. Daniel escuchó, practicó y corrigió errores antes siquiera de poner la balsa en el río.

Cuando finalmente llegó el día, llevó la embarcación hasta la orilla y sintió que el miedo regresaba con toda su fuerza. La preparación le había dado conocimientos y recursos, aunque seguía sintiendo el vértigo de abandonar un lugar conocido. Comprobó las cuerdas una última vez, aseguró el remo y empujó la balsa hasta el agua.

Los primeros metros fueron tranquilos, pero la corriente comenzó pronto a apartarlo de la trayectoria que había elegido. Daniel corrigió el rumbo y continuó. Más adelante una de las cuerdas se aflojó y tuvo que acercarse a una zona de rocas para repararla, mientras que poco después una corriente lateral golpeó la balsa y estuvo a punto de hacerle perder el remo. Durante unos segundos miró hacia atrás y vio el pueblo, todavía cercano, todavía conocido, ofreciéndole la posibilidad de regresar.

Apretó el remo entre las manos, esperó a recuperar el equilibrio y siguió avanzando. El miedo continuaba acompañándolo, pero también estaba comprobando que podía reaccionar ante los problemas, corregir el rumbo y mantenerse sobre el agua.

Cuando alcanzó la otra orilla, arrastró la balsa fuera del río y permaneció unos minutos sentado sobre la hierba húmeda mientras recuperaba el aliento. El corazón todavía le latía deprisa y tenía las manos doloridas por el esfuerzo, pero al levantar la vista descubrió algo que le hizo sonreír.

Frente a él se extendían árboles, flores silvestres, pinos, piedras cubiertas de musgo y senderos que se internaban entre las montañas. Los pájaros cantaban entre las ramas y el aire olía a tierra húmeda y resina. A pocos metros comenzaba el camino que tantas veces había observado desde la distancia y que ahora podía recorrer por primera vez.

Daniel echó a andar.

Durante varios días exploró aquella parte del valle. Encontró pequeñas cascadas, caminos que se dividían entre las montañas y lugares desde los que el pueblo parecía poco más que un puñado de tejados junto al río. Algunas de sus antiguas fantasías se desvanecieron pronto: las ciudades escondidas y los grandes misterios pertenecían a la imaginación del niño que había sido. A cambio encontró senderos desconocidos, paisajes que nunca había visto y la sensación de estar ampliando poco a poco los límites de su propio mundo.

Una tarde subió hasta una colina desde la que podía contemplarse todo el río. Desde allí distinguió su pueblo en una orilla y los caminos que había recorrido en la otra, mientras el agua seguía pasando entre ambos lugares exactamente igual que siempre.

Entonces entendió algo que durante años le había resultado imposible comprender desde casa. El mundo seguía siendo el mismo, pero Daniel había dejado de conocerlo únicamente desde una de sus orillas.

Días después decidió regresar.

Encontró al anciano cerca del mismo lugar donde habían hablado por primera vez, reparando otra cesta de mimbre.

—Tenías razón —dijo Daniel.

El hombre levantó la vista.

—Eso ocurre de vez en cuando.

Daniel se sentó junto a él.

—Al otro lado había árboles.

—Te lo advertí.

Ambos sonrieron.

—También había caminos.

—Eso ya es otra cosa.

Daniel observó el agua durante unos segundos antes de continuar.

—Desde allí el río parecía diferente.

El anciano dejó la cesta a un lado y miró la corriente.

—El río era el mismo.

Daniel volvió la vista hacia el agua y esta vez entendió la diferencia.

Durante años había esperado que las circunstancias le ofrecieran una señal clara: un río menos peligroso, una certeza sobre lo que encontraría o una confianza absoluta en su propia capacidad. Ahora comprendía que algunas decisiones siempre conservan una parte de incertidumbre y que la seguridad completa rara vez llega antes de empezar.

Desde entonces siguió tomando decisiones con dudas, prudencia e incluso miedo. Haber cruzado aquel río tampoco lo convirtió en alguien capaz de enfrentarse a cualquier cosa sin vacilar, pero sí le enseñó que podía prepararse, avanzar y corregir el rumbo cuando fuera necesario. Cada vez que regresaba a la orilla recordaba aquel primer viaje y comprendía algo que ya nunca olvidaría: quedarse quieto también era una elección.

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