El Violinista del Tren Nocturno por Lilian Rodríguez

El Violinista del Tren Nocturno por Lilian Rodríguez

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El violinista del tren nocturno

A las once y diecisiete de la noche, el tren que cruzaba la ciudad de este a oeste solía llevar más cansancio que pasajeros. A esa hora ya no subían turistas con mapas ni estudiantes cargados de bolsas, sino camareros que acababan turno, trabajadores de limpieza, empleados que habían alargado demasiado la jornada y enfermeras que parecían conservar en los hombros el peso de todas las horas que llevaban despiertas. Andrés llevaba casi seis años tomando aquel tren y, aunque apenas sabía el nombre de nadie, conocía a muchos de vista, porque la repetición termina creando una extraña intimidad entre personas que comparten durante años el mismo espacio sin llegar a conocerse.

Sabía, por ejemplo, que una mujer mayor subía casi siempre tres estaciones después que él y llevaba un pequeño ramo de flores entre las manos. Había también un chico de veintitantos años que podía pasar el trayecto entero mirando el teléfono sin levantar la cabeza, mientras que una mujer con uniforme sanitario solía buscar el primer asiento disponible y, en cuanto apoyaba la sien contra el cristal, se dormía con una facilidad que Andrés envidiaba. Algunos viernes viajaba una madre con dos niños que regresaban de casa de los abuelos y, durante aquellas noches, el vagón tenía durante unos minutos algo parecido a una conversación, porque los pequeños todavía no habían aprendido esa costumbre adulta de compartir un lugar procurando que nadie notara demasiado nuestra existencia.

Andrés tampoco era muy diferente. Subía en la estación de siempre, ocupaba el mismo sector del vagón siempre que podía y sacaba el teléfono, aunque muchas noches ni siquiera prestaba atención a lo que estaba viendo. Pasaba fotografías, titulares, vídeos y mensajes antiguos mientras esperaba llegar a casa y, cuando el tren atravesaba los barrios donde las luces empezaban a apagarse, levantaba de vez en cuando la vista para comprobar cuántas estaciones faltaban. A fuerza de repetirlo, aquel trayecto se había convertido en una especie de pasillo entre las dos partes de su vida: ya había salido del trabajo, pero todavía no había llegado a casa y, precisamente por eso, aquella hora parecía no pertenecerle del todo.

Aquella noche de noviembre estaba lloviendo y el suelo del vagón había quedado cubierto de pequeñas huellas oscuras. Los abrigos húmedos desprendían un olor mezclado de lluvia, calefacción y cansancio, mientras el cristal devolvía los reflejos de las luces interiores sobre una ciudad borrosa. Andrés había tenido un día especialmente largo, así que se acomodó junto a la ventana y cerró los ojos durante unos segundos, aunque volvió a abrirlos cuando vio entrar a un hombre con un violín.

Tendría unos sesenta años, aunque quizá tenía algunos menos porque el cabello gris y la barba descuidada le endurecían las facciones. Vestía un abrigo oscuro con uno de los bolsillos cosido a mano y llevaba un estuche antiguo que parecía haber viajado bastante más que su dueño. No anunció nada ni pidió permiso, sino que esperó a que el tren arrancara y, después de asegurarse de que tenía espacio suficiente junto a una de las puertas, abrió el estuche y sacó el instrumento.

Andrés suspiró y buscó los auriculares en el bolsillo. Había visto músicos en el metro cientos de veces y, después de once horas fuera de casa, aquella noche no tenía ninguna gana de escuchar una actuación improvisada. El muchacho del teléfono hizo prácticamente lo mismo, mientras que la enfermera, que todavía no se había dormido, observó al recién llegado con esa mezcla de curiosidad y resignación que suele preceder a las cosas que uno no ha pedido.

El hombre apoyó el violín bajo la barbilla y empezó a tocar, y aunque el primer sonido fue tan bajo que durante unos segundos se confundió con el ruido de las ruedas, la melodía fue creciendo lentamente hasta encontrar un lugar entre los golpes del tren y el murmullo de la calefacción. No parecía querer imponerse a nadie y tampoco tenía nada de espectacular, pero Andrés se dio cuenta de que había dejado de buscar los auriculares. No conocía aquella música y, sin embargo, una sucesión de notas hizo que algo muy antiguo se abriera dentro de él.

Durante unos segundos volvió a ver a Elena con siete años, sentada en el borde del sofá y sujetando un violín demasiado grande para sus brazos. Recordó la cara de concentración que ponía antes de empezar, la manera en que arrugaba la nariz cuando una nota salía mal y aquellos enfados repentinos que desaparecían en cuanto él hacía alguna tontería. Ella había insistido tanto en que aprendieran juntos que Andrés terminó alquilando otro violín y, aunque jamás consiguió tocar una pieza completa sin equivocarse, descubrió muy pronto que tocar mal deliberadamente era una manera infalible de hacerla reír.

Los domingos practicaban después de comer. Elena le corregía la postura como si llevara cuarenta años dando clases y, cuando Andrés fingía no entender, ella acababa quitándole el arco de las manos.

—Papá, lo haces a propósito.

—¿El qué?

—Tocar mal.

—Eso es una acusación gravísima.

—Te estás riendo.

—Porque me humillas como profesor.

Entonces Elena se reía también y, durante un rato, ninguno de los dos tocaba nada. Andrés no sabía cuándo había pensado por última vez en aquellas tardes.

Elena tenía ahora veintiséis años y vivía a casi cuatrocientos kilómetros. No estaban enfadados y jamás había ocurrido entre ellos una de esas grandes peleas que permiten señalar un día concreto y decir que todo cambió entonces. Lo suyo había sucedido de una manera mucho más silenciosa y quizá por eso resultaba más difícil de explicar. Primero se llamaban todos los domingos, después empezaron a saltarse alguna semana, más tarde sustituyeron las llamadas por mensajes y, al cabo de un tiempo, ambos habían aprendido a escribir “hablamos con calma uno de estos días” sin que ninguno pareciera darse cuenta de cuántas veces podía aplazarse una conversación.

Andrés sabía dónde trabajaba su hija y sabía que seguía viviendo en el mismo piso que había alquilado dos años atrás, pero aquella noche, mientras escuchaba al violinista, se dio cuenta de que ignoraba cosas mucho más pequeñas. No sabía cuál era ahora su comida favorita, qué serie estaba viendo, con quién tomaba café después del trabajo o a quién llamaba cuando tenía un día malo. Durante años había conocido cada gesto de aquella niña que protestaba con el arco en la mano y, sin embargo, ahora podía pasar varias semanas sin saber cómo había terminado su día.

La melodía acabó sin que Andrés se diera cuenta de que estaba a punto de hacerlo. Durante unos segundos nadie aplaudió porque cualquier ruido parecía demasiado brusco después de aquella última nota, aunque uno de los niños juntó enseguida las manos varias veces y su hermano lo imitó, y entonces algunos adultos sonrieron y comenzaron a aplaudir también.

El músico inclinó ligeramente la cabeza, guardó el arco y se sentó en un asiento libre. Andrés esperó que sacara una gorra o recorriera el vagón pidiendo monedas, pero el hombre simplemente cerró el estuche y se quedó mirando por la ventana. Aquello le sorprendió, aunque no tanto como el hecho de que, cuando llegó a su estación, Andrés continuara pensando en Elena.

Caminó hasta casa bajo una lluvia fina, calentó algo para cenar y, mientras esperaba frente al microondas, buscó la conversación con su hija. El último mensaje era de hacía diecinueve días.

“Esta semana imposible, papá. Te llamo cuando esté más tranquila.”

Él había respondido con un pulgar levantado.

Andrés sostuvo el teléfono durante unos segundos y empezó a escribir: “¿Te acuerdas del violín?”. Lo leyó y lo borró. Después escribió: “Hoy he pensado mucho en ti”, pero también lo borró porque le pareció demasiado solemne y, además, era absurdo anunciarle a una hija que uno había pensado en ella, como si eso tuviera que ser una noticia. Probó una tercera vez con un sencillo “¿Estás despierta?”, aunque terminó mirando el mensaje sin enviarlo mientras el microondas pitaba a su espalda y, cuando comprobó la hora, decidió que era demasiado tarde y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Durante la semana siguiente pensó varias veces en aquella llamada que no había hecho, aunque no llegó a encontrar una razón suficientemente buena para llamar. El trabajo se complicó, un cliente cambió de opinión tres veces en dos días y, cuando por fin llegaba a casa, siempre encontraba alguna excusa razonable para dejarlo para mañana. Sin embargo, una semana después volvió a ver al violinista.

Entró en el mismo vagón con el mismo abrigo y el mismo estuche gastado, y esta vez Andrés descubrió que no era el único que lo había reconocido, porque la mujer de las flores levantó la cabeza y sonrió, la enfermera se incorporó ligeramente en su asiento y el muchacho del teléfono guardó los auriculares antes incluso de que el hombre abriera el estuche.

El violinista tocó una melodía diferente, algo más ligera que la anterior, y mientras sonaba Andrés observó por primera vez con verdadera atención a aquellos desconocidos a los que llevaba años viendo. La mujer de las flores tenía las uñas pintadas de rojo y una alianza en la mano izquierda. La enfermera parecía bastante más joven cuando sonreía. El chico del teléfono llevaba una pequeña cicatriz junto a la ceja y, aunque Andrés siempre había dado por hecho que utilizaba los auriculares para escuchar música, aquella noche descubrió que ni siquiera los tenía conectados.

Cuando terminó la pieza, la mujer de las flores se acercó un poco al músico.

—¿Cómo se llama?

El hombre pareció pensarlo antes de responder.

—Todavía no tiene nombre.

—¿La ha compuesto usted?

—Más o menos.

La respuesta hizo sonreír a algunos pasajeros, aunque nadie preguntó qué significaba aquel “más o menos”, y después el violinista guardó el instrumento y el viaje continuó.

Durante las semanas siguientes apareció de vez en cuando, aunque nunca con una regularidad suficiente como para saber cuándo esperarlo. Algunas noches tocaba una sola pieza, mientras que otras se sentaba durante todo el trayecto con el estuche entre las piernas y no sacaba el violín. Andrés comenzó a darse cuenta de que miraba menos el teléfono y, aunque habría sido exagerado decir que aquel vagón se había convertido en una pequeña comunidad, empezaron a suceder cosas que antes no ocurrían.

Un lunes, la mujer de las flores subió con las manos vacías y el muchacho del teléfono fue el primero en darse cuenta.

—¿Hoy no hay flores?

Ella pareció sorprendida de que alguien hubiese reparado en ello.

—No he podido pasar por la floristería.

El chico dudó antes de continuar.

—¿Son para alguien?

—Para mi marido.

Andrés miró la alianza que llevaba en la mano.

—¿Está ingresado?

La mujer negó con una sonrisa tranquila.

—Murió hace cuatro años.

El silencio que siguió fue breve, aunque suficientemente largo como para que el muchacho pareciera arrepentirse de haber preguntado.

—Lo siento.

—No pasa nada, hijo. A él ya no le pasa nada.

Aquello hizo reír a la mujer antes que a nadie y, quizá porque acababa de abrir una puerta, explicó que se llamaba Teresa, que había vivido cuarenta y tres años con un hombre llamado Ricardo y que cada lunes le llevaba margaritas al cementerio porque él detestaba los claveles.

—Decía que los claveles eran flores de sala de espera.

—¿Y las margaritas?

—Le gustaban porque parecían flores que no se tomaban demasiado en serio.

Andrés sonrió.

—¿Y sigue yendo todas las semanas?

Teresa lo miró como si la pregunta tuviera una respuesta evidente.

—Claro.

—Después de cuatro años.

—Después de cuatro años también.

Andrés vaciló antes de preguntar lo que realmente quería saber.

—¿Y por qué sigue llevándole flores?

Teresa bajó la mirada hacia sus manos vacías y se encogió ligeramente de hombros.

—Porque todavía puedo llevárselas.

No añadió nada más, sino que miró por la ventana, y Andrés tampoco dijo nada porque, por alguna razón, la frase se había quedado suspendida entre ambos con un peso que ninguna explicación habría mejorado. Aquella misma noche abrió la conversación con Elena al llegar a casa y, aunque no escribió nada, tampoco cerró la pantalla enseguida.

Otra noche, la enfermera subió corriendo justo cuando las puertas estaban a punto de cerrarse y el muchacho apartó la mochila del asiento de al lado para que pudiera sentarse. Ella le dio las gracias y, menos de cinco minutos después, estaba dormida con la cabeza apoyada contra el cristal.

El chico miró a Andrés y señaló discretamente hacia ella.

—Tiene una habilidad increíble.

Andrés sonrió.

—Yo llevo años intentando aprenderla.

Fue así como descubrió que el muchacho se llamaba Marcos y trabajaba en un hotel, mientras que la enfermera se llamaba Nuria y enlazaba algunos turnos que la dejaban prácticamente sin fuerzas. También supo que Marcos miraba tanto el teléfono porque su novia vivía en otro país y tenían seis horas de diferencia horaria, de modo que cada noche esperaba el momento en que ella se despertaba y podía escribirle durante unos minutos antes de empezar su jornada.

Aquella explicación hizo que Andrés sintiera cierta vergüenza por todas las historias que había inventado sobre él sin haberle dirigido jamás una palabra.

El invierno avanzó y el violinista continuó apareciendo de vez en cuando, hasta que una noche de enero el tren se detuvo entre dos estaciones. Al principio nadie le dio demasiada importancia porque las averías eran frecuentes, pero después las luces principales se apagaron y quedaron encendidas únicamente las de emergencia. Una voz por megafonía anunció que había una incidencia técnica y que debían permanecer dentro hasta recibir nuevas instrucciones.

Durante los primeros minutos la gente siguió mirando los teléfonos, aunque después empezaron las llamadas, las quejas y las preguntas. Uno de los niños quiso saber cuánto faltaba, su madre respondió que no lo sabía y, cinco minutos más tarde, volvió a preguntarlo. La calefacción terminó apagándose y, mientras algunos pasajeros se abrochaban los abrigos, otros caminaban por el vagón intentando encontrar una zona con mejor cobertura.

Andrés levantó la cabeza y vio al violinista al fondo, y Teresa también debió de verlo porque enseguida sonrió.

—Hoy nos vendría bien.

El hombre sonrió, abrió el estuche y sacó el instrumento.

La música sonó diferente aquella noche, quizá porque el tren estaba detenido y no había ruedas ni túneles que la cubrieran, aunque también era posible que la diferencia estuviera en que todos escuchaban desde el principio. Andrés nunca supo qué pieza tocó ni habría sido capaz de repetir una sola nota, pero muchos años después todavía recordaría la sensación de estar encerrado en un tren parado, a oscuras entre dos estaciones, mientras un desconocido conseguía que durante unos minutos a nadie pareciera importarle demasiado llegar tarde.

Cuando terminó, algunos volvieron al teléfono y un hombre que llevaba media hora protestando siguió protestando, porque tampoco la música hacía milagros. Sin embargo, Teresa empezó a hablar con la madre de los niños, Marcos ofreció unas galletas que llevaba en la mochila y Nuria contó una historia absurda sobre un paciente que había intentado escapar del hospital vestido solamente con una bata y unas zapatillas de estar por casa.

Andrés terminó sentado junto al violinista y, durante un rato, ninguno dijo nada porque el hombre estaba limpiando cuidadosamente las cuerdas con un paño.

—¿Por qué toca en los trenes?

El músico levantó la mirada.

—Porque aquí nadie viene a escuchar música.

Andrés se rió.

—Parece un lugar bastante malo para un músico.

—Precisamente por eso.

Andrés esperó que continuara, pero el hombre volvió a guardar el paño.

—¿Qué quiere decir?

El violinista miró alrededor del vagón, donde Teresa enseñaba una fotografía a Nuria mientras uno de los niños intentaba convencer a Marcos de que la última galleta le correspondía por ser el más pequeño.

—En un teatro todo el mundo espera que suceda algo. Aquí casi nadie espera nada.

Andrés siguió su mirada y, después de unos segundos, se atrevió a hacer otra pregunta.

—¿Tiene hijos?

El violinista cerró despacio el estuche.

—Una hija.

—¿También toca?

—Hace muchos años que no la veo tocar.

Andrés pensó que quizá había muerto y se arrepintió inmediatamente de haber preguntado, aunque el hombre añadió:

—Vive en Francia.

Andrés lo miró.

—Entonces puede volver a verla.

El violinista apoyó las manos sobre el estuche y tardó algo más de lo normal en responder.

—Sí. Supongo que podría.

No hubo ninguna explicación después de aquello y Andrés comprendió que tampoco debía pedirla. El tren tardó todavía media hora en ponerse en marcha y, cuando por fin llegaron a la siguiente estación, muchos pasajeros se despidieron como si acabaran de salir de una reunión improvisada en lugar de una avería.

Aquella noche Andrés llegó a casa casi a la una y media, dejó las llaves sobre la mesa y, antes incluso de quitarse el abrigo, buscó la conversación con Elena. Esta vez no escribió nada, sino que pulsó directamente el botón de llamada.

Su hija respondió después de varios tonos.

—Papá, ¿ha pasado algo?

—No.

Hubo un silencio al otro lado.

—Son casi las dos.

—Ya lo sé. Perdona.

—Entonces, ¿qué pasa?

Andrés se sentó en una de las sillas de la cocina y miró la chaqueta mojada que todavía llevaba puesta.

—Nada. Precisamente por eso llamaba.

Elena tardó unos segundos en responder.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro. Solo quería saber cómo estabas tú.

Ella suspiró y Andrés pensó que había elegido el peor momento posible, pero entonces escuchó movimiento al otro lado del teléfono y después el sonido de una puerta que se cerraba.

—Estoy cansada. Mañana entro temprano.

—Entonces hablamos mañana.

—Vale.

Andrés estuvo a punto de despedirse cuando Elena volvió a hablar.

—Papá.

—¿Sí?

—Me ha gustado que llamaras.

Andrés miró la mesa vacía.

—A mí también.

—Pero mañana llama tú, porque si esperamos a que yo tenga tiempo vamos listos.

—Te llamo.

—¿Seguro?

—Seguro.

Y al día siguiente llamó. No hablaron de nada extraordinario, porque Elena le contó que llevaba varios días intentando solucionar una fuga de agua, que tenía un compañero de trabajo insoportable y que estaba aprendiendo a preparar una receta que se le resistía, mientras que Andrés le habló de una tontería ocurrida en la oficina y evitó preguntarse por qué aquellas conversaciones aparentemente insignificantes le habían faltado tanto.

A la semana siguiente volvieron a hablar y, poco después, Elena le envió una fotografía de un violín expuesto en el escaparate de una tienda de segunda mano.

“¿Te acuerdas?”

Andrés se quedó varios minutos mirando la imagen antes de responder.

“Yo tocaba bastante bien.”

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“Papá, esto es una conversación seria.”

Andrés se rió solo en la cocina antes de responder.

“Tuve un profesor pésimo.”

“Eso sí te lo acepto.”

Después llegaron tres emojis riéndose y, por primera vez en mucho tiempo, Andrés tuvo la sensación de reconocer completamente a la persona que estaba al otro lado del teléfono.

El violinista dejó de aparecer cuando empezó la primavera. Durante las primeras semanas todos pensaron que volvería cualquier noche, aunque pasó abril, después mayo, y nadie volvió a verlo. Teresa preguntó incluso a un trabajador de la estación, pero el hombre no supo de quién hablaba.

Marcos estaba convencido de que habría encontrado trabajo en algún sitio, mientras que Nuria decía que quizá simplemente había cambiado de línea. Teresa, que siempre parecía tener una explicación para las cosas que no la tenían, opinaba que probablemente tocaba donde le apetecía y que ellos se habían acostumbrado demasiado a creer que aquel tren les pertenecía. Andrés no sabía cuál de las versiones era cierta y terminó aceptando que quizá nunca lo sabría.

El tren continuó haciendo el mismo recorrido y siguió llenándose cada noche de personas cansadas, aunque algunas cosas habían cambiado. Teresa se sentaba junto a Nuria cuando coincidían, Marcos saludaba a los niños y Andrés había empezado a conocer los nombres de personas que llevaba años viendo. No se convirtieron en amigos íntimos ni quedaron para cenar ni empezaron a celebrar cumpleaños juntos, porque la vida casi nunca cambia de una manera tan ordenada. Algunas noches apenas hablaban y otras ni siquiera coincidían, aunque cuando alguno subía al vagón encontraba con más facilidad una mirada, un saludo o una mochila que se retiraba de un asiento para dejarle sitio.

A comienzos del verano, Elena anunció que iría a pasar un fin de semana con Andrés. Él preparó la casa como si fuera a recibir una inspección, aunque procuró fingir que no había hecho nada especial cuando ella llegó el viernes por la tarde. Durante dos días caminaron, discutieron sobre dónde cenar, vieron una película que ninguno terminó porque empezaron a hablar en mitad de ella y, el domingo por la noche, Andrés la acompañó a la estación.

El tren de Elena salía desde otra terminal y tenían que coger precisamente aquella línea para llegar. Cuando subieron al vagón de las once y diecisiete, Andrés sonrió.

—¿Qué?

—Nada. Este es el tren del violinista.

Elena conocía ya toda la historia porque su padre se la había contado varias veces.

—¿El misterioso músico que consiguió que mi padre utilizara el teléfono para llamar en vez de mandarme pulgares?

—Yo también escribía frases.

—Sí. “Vale”. “Perfecto”. “Hablamos”. Una riqueza expresiva impresionante.

Andrés iba a contestar cuando reparó en el estuche que Elena llevaba además de su pequeña maleta.

—¿Y eso?

Ella lo dejó sobre las rodillas.

—Lo encontré en el armario de mi habitación.

Andrés lo reconoció antes de que Elena levantara las dos pequeñas pestañas metálicas.

—No puede ser.

—Pues es.

Dentro estaba el violín de su hija. La madera había perdido algo de brillo y una de las cuerdas estaba rota, aunque Andrés reconoció incluso la pequeña marca junto al puente que Elena había hecho años atrás al golpearlo accidentalmente contra una silla.

—Pensaba que lo habías tirado.

—Yo también.

Elena pasó lentamente los dedos sobre el instrumento y sonrió.

—¿Te acuerdas de aquella canción que tocabas fatal para hacerme reír?

Andrés adoptó una expresión ofendida.

—No la tocaba fatal a propósito.

Elena levantó la cabeza y lo miró.

—Papá.

—Bueno, algunas veces.

—Todas.

—Eso no puedes demostrarlo.

Ella se rió y Andrés se quedó mirándola durante unos segundos, porque había algo en aquella risa que seguía siendo exactamente igual que cuando tenía siete años.

Las puertas se cerraron y el tren empezó a avanzar. Andrés miró por instinto hacia el extremo del vagón, aunque el violinista no estaba allí. Teresa tampoco viajaba aquella noche y Nuria debía de tener otro turno, pero Marcos estaba sentado unas filas más adelante y, al reconocerlo, levantó una mano para saludar.

Andrés respondió al saludo y después volvió a mirar a su hija, que seguía examinando el viejo violín.

—¿Crees que todavía sabrías tocar?

Elena sonrió.

—Mejor que tú, seguro.

—Eso tampoco era difícil.

—Por fin dices algo sensato.

El tren entró en el túnel y durante unos segundos las ventanas dejaron de mostrar la ciudad para devolver únicamente el reflejo de quienes viajaban dentro. Andrés vio el rostro de Elena junto al suyo y recordó, sin buscarla, aquella primera melodía escuchada meses atrás, aunque esta vez no necesitó recordar cómo sonaba, porque Elena estaba sentada a su lado.

Reflexión

A veces no hace falta que ocurra nada extraordinario para que una vida cambie de dirección, porque basta con que algo interrumpa la costumbre y nos obligue a mirar de nuevo aquello que siempre estuvo cerca. Hay personas, gestos y afectos que terminamos viendo como parte del paisaje hasta que comprendemos que también pueden desaparecer, y quizá por eso conviene no esperar a otra estación para acercarnos, preguntar, llamar o decir aquello que todavía estamos a tiempo de decir.

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